Enunciemos un pequeño experimento mental: Sea un ratón doméstico aislado junto a un aparato que, con un botón accionado por el sujeto, le suministra a éste cantidades controladas de dopamina. Podríamos afirmar que, a lo largo del tiempo que dura el experimento, la frecuencia con la que se pulsa el botón aumenta de manera proporcional al placer que recibe el pobre roedor.
Teniendo en cuenta los resultados del experimento y presumiendo que los humanos somos, fundamentalmente, animales racionales, cabe proyectarlo en el mundo cotidiano mediante el siguiente disparate ilustrativo: el placer del que goza un niño de unos tres años de edad es directamente proporcional al número de enchufes en una habitación arbitraria.
La curiosidad y la necesidad de conocer, cualidades que claramente nos son innatas, son de hecho el producto de infames e intrincados mecanismos neurológicos a los que los entendidos se refieren como circuitos de recompensa. Burdamente sintetizados, son aquello que hace del aprendizaje y del conocimiento verdaderos juegos mentales que nos producen placer a fin de alcanzar un mejor entendimiento de nuestro entorno y, por supuesto, garantizar la supervivencia del individuo, propósito común a la mayoría de los instintos en cualquier especie.
Por suerte o por desgracia, los humanos hemos sido galardonados con el castigo divino de ser simples engranajes con el objetivo de formar parte de una maquinaria que trasciende nuestras propias capacidades, uniéndonos en un todo para prosperar y permitiéndonos aportar nuestro granito de arena en una lucha perpetua contra la extinción. Pero he aquí el quid de la idea: precisamente por el hecho de que, por las limitaciones del mundo físico y de nuestro propio organismo, no podemos delegar a un único individuo la finalidad de erigir un automóvil completamente funcional, los humanos nos hemos estructurado de manera que no necesitamos entender el funcionamiento de la transmisión ni de los frenos: a uno le basta con suministrar gasolina al motor para que la Tierra siga bailando a nuestro son.
Pero el motor, las válvulas, los frenos y todo lo que compone el monstruoso vehículo que mueve nuestro mundo, no son sino sucesores de palos, piedras y componentes individuales que, con el progreso, la expansión y la unificación de las comunidades humanas y, por extensión, sus conocimientos y habilidades conjuntas han culminado en la máquina etérea y última que llamamos sociedad.
Así, queda bastante evidente que la ciencia no es más que la suma del trabajo conjunto entre pasajeros de un tren de evolución técnica e intelectual, impulsado por la curiosidad científica inherente a todas las personas sensatas.
Ahora bien: es verdad que hemos inventado el transistor, enunciado leyes físicas y reflexionado sobre los más profundos tópicos que conciernen a la mismísima existencia para culminar en teléfonos, grotescos edificios y monumentos y frases hechas que rezan, ya casi sin apenas significado, lemas como el del «fin que justifica los medios.» ¿Pero qué utilidad real tienen hoy los fundamentos en los que se basa nuestra tecnología, nuestra filosofía y los protagonistas de nuestra vida diaria cuando ya se han jubilado para ultimar en su aplicación en las joyas del mundo moderno?
Planteémoslo de otro modo: Imaginemos un mundo hipotético en el que las personas nacidas antes del inicio del tercer milenio, junto con todo su legado (libros, artículos, ensayos…), desaparecen misteriosa y esporádicamente dejando únicamente a los millenials y las baratijas contemporáneas como sombra de lo que un día llamamos Humanidad. ¿Podría el ser humano prosperar como especie de la forma en que lo está haciendo hasta ahora? ¿Conseguiríamos continuar evolucionando intelectualmente o la hegemonía de la inventiva y creatividad humana se detendría en seco? La respuesta la dejo como ejercicio al lector.
La clave es que la importancia de la ciencia no se reduce únicamente a sus aplicaciones, ni siquiera a su propio progreso. Cada aportación científica o intelectual, certera o equívoca, tiene, per se, un valor inconmensurable, y es un error criminal pensar en éstas como un simple medio hacia su utilidad material. La ciencia y su progreso, reitero, no tienen valor alguno reflejados en sus aplicaciones: la ciencia es un fin en sí misma y como seres racionales hemos de protegerla cuidando y preservando su historia.
An. P.
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